Escucha el silencio


El primer día que decidí escuchar el silencio, fue precisamente el día que más ruido hubo en mi interior. Y es que no me había percatado del escándalo que a veces se guarda en ese lugar tan desatendido por el hombre. Ese día comprendí que aquellos que dicen poco, dan mucho de que hablar cuando responden ruidosamente a la sociedad. Aprendí que son muchas las heridas no curadas en el alma. Descubrí que no había sido capaz de conocer a plenitud una dimensión que en mí, hasta aquel entonces desconocía.

Escucha el silencio, me repetía una y otra vez. ¡Cállate! Me gritaba a mi mismo buscando tener control de mi ruido interior. Problemas, miedos, corajes, tentaciones, frustraciones…

¡Nooo!

¡Déjenme!

¡No me perturben!

Le gritaba a mi yo interno, a aquellos inquilinos a los que mi fragilidad había permitido anidar en la única dimensión inmortal del hombre; el alma. Eran los problemas no resueltos. Los que hice míos sin serlo y los que siendo míos ignoré porque creía que a veces era mejor dejar para mañana lo que se puede hacer hoy. Y cuando un forastero vive por mucho tiempo en tierra ajena, deja de ser un extraño y se adopta como si fuese parte de algo a lo que no pertenece.

Y eran los miedos. Aquellos monstruos que cuando pequeño vivían encerrados en mi ropero durante el día y en la oscuridad salían a impedir que mi descanso fuera grato, convirtiendo así mis noches en una larga agonía. Monstruos que luego encerré en mí y fueron tomando forma de los sueños no alcanzados. Es así como lo que un día fue un lindo sueño se tornó en pesadilla. Desde luego, el coraje. Sí, ese al que hemos convertido en una característica típica de nuestra cultura. Ese coraje que hace más daño que aquel o aquello que fue la causa del mismo en primera instancia. Allí estaba ese, tan antipático. Ese infeliz es la razón de que ahora dependa de una pastilla diaria para que mi presión arterial permita que pueda algún día jugar con mis nietos sin cansarme tanto.

Fue entonces cuando me fijé en la tentación, la peor de todas. El inquilino que más habita en el interior del hombre. Es lo peor, maquillado de lo mejor. Es quien se aprovecha del débil haciéndole sentir lo que la droga al adicto. Y que luego te hace decir como aquel que cantó: “Amarguras, señores que a veces te da. La cura resulta más mala que la enfermedad”.

Y cuando por fin me encontraba en silencio, choqué con la frustración. La frustración de no haber vivido hasta ese momento como lo había pensado. Porque nunca suceden las cosas en la misma manera en que en un principio se pensaron. Sentí que todo lo que de niño soñé, en algún momento el destino me lo había robado. ¡Qué frustración!

Pero ya había logrado el silencio. Estaba por vez primera escuchando el silencio. Ese mismo silencio que Jesús el Cristo escuchó en los momentos de problemas, miedos, corajes, tentaciones y también frustraciones. Y fue entonces cuando comprendí que hay momentos en que es necesario apartarse del ruido exterior para poder descubrir desde el silencio LA VOZ de DIOS que constantemente te dice;  “Así que yo les digo: pidan, y se les dará; busquen, y encontrarán; llamen, y se les abrirá la puerta. Porque todo aquel que pide, recibe; y el que busca, encuentra; y al que llama, se le abrirá”. (Lucas 11: 9-10)

Pesándome, José Rivas

Published by joserivassep

Nació en Humacao, Puerto Rico. Profesor de inlgés y ciencias de la religión.

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